LA IGLESIA (Próximamente)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

NAVIDAD: ¡ALERTA MÁXIMA! (por Escritor de Lomo Ancho)


Para estas navidades, mi amigo, el misterioso "Escritor de Lomo Ancho", nos obsequia con un relato navideño de lo más actual. Conociéndolo, os aseguro que está basado en hechos reales. Espero que lo disfrutéis:

Todos sabemos que estamos en crisis.

            Lo estamos desde hace 4 años. Algunos afirman que desde hace más tiempo, pero no de forma oficialmente admitida. Los medios de comunicación nos bombardean a diario que si con la Prima de Riesgo, que si con la Balanza de Pagos, las cifras del paro y no sé cuántos parámetros desastrosos más.

            Pero no ha sido hasta hoy mismo cuando yo me he dado de bruces con la realidad. Hoy he podido comprobar de forma inexorable que nos encontramos en Crisis. Pero en Crisis de las gordas. Y no ha sido ni el Presidente del Fondo Monetario Internacional, ni el del Bundesbank, ni alto funcionario alguno del Banco Central Europeo quien me lo ha dejado claro.

            No... nada de eso. Ha sido mi madre.
           
        Hoy, como muchos días, he ido a almorzar a casa de mi progenitora y ha sido ella la que se ha encargado de dejar las cosas claras.

            Ha llegado de trabajar, ha soltado el bolso y se ha sentado a la mesa poniendo los brazos sobre la misma. Ahí empecé a pensar que algo grande iba a ocurrir. Algún tipo de "Tormenta Perfecta" estaba a punto de desatarse...

            Una vez sentada y con la vista al frente, sin mirarme ni a mí ni a mi mujer, que me acompañaba en el trance, arqueó la ceja izquierda como sólo ella sabe hacer cuando está a punto de dar una noticia de calado. Ahí es cuando ya se me empezaron a relajar los esfínteres. Estaba claro: se nos venía encima algo tremendo.


            Mi madre es de las que fragua los acontecimientos importantes envueltos en un mutismo sepulcral hasta que un buen día, tras mucho pensar en silencio, suelta la bomba. Así pues, todos aquellos prolegómenos no presagiaban nada más que noticias duras de digerir. Y llegó la confirmación a mis temores:

            —Señores, estamos en Crisis.

            Fueron sus primeras palabras y sonó atronadora su voz. Ríase usted del mismísimo Presidente de los Estados Unidos cuando, en horario de máxima audiencia, paraliza las emisiones de todos los canales televisivos del país y le habla a los ciudadanos. Mi madre deja a Obama, Bush y Reagan juntos, a la altura de colegiales ensayando.

            —Pero mamá, ¿qué pasa? —me atreví a terciar, como para quitarle hierro al asunto.

            —Cállate, niño, que estoy hablando yo —me redujo al ridículo en un tris con esa frase, así que me callé, me senté con cara de niño bueno y prosiguió:

            —He decidido activar con carácter de urgencia el PCEFPTC.

            —¿Que has activado el PD qué...? —pregunté angustiado y asombrado a un tiempo.

            —El Protocolo de Contención Económico Familiar Para Tiempos de Crisis.

            ¡La Virgen! mi madre sonaba como una mezcla de agente especial de la extinta KGB y un neoconservador del ala dura del Pentágono... Nada de bromas, la cosa se ponía seria, pero seria.

            —Estas Navidades he decidido que muchas cosas se van a hacer de otra manera: vamos a celebrar las fechas que se avecinan, por supuesto, pero voy a poner en marcha unos recortes que van a hacer que ese don nadie de Rajoy y la guarra de la Merkel parezcan contables de segunda a mi lado —y con esa entradilla, empezó a enumerar las siguientes medidas anticrisis que componían su plan de choque.

            —La cena de Navidad tendrá de todo, pero pasará a ser transformada de la siguiente forma:

            a) En lugar de pollo o pavo, cenaremos paloma de parque al limón. Niño... tú te encargarás de cazar la paloma.

            —¡Pero mamá...! —intenté quejarme, pero ella ya había puesto un tirachinas que había comprado en una tienda de "Todo a un euro" para que llevase a cabo mi misión.

            b) En lugar de angulas, la Gula del Norte, ni demás chorradas, a las visitas le pondremos un sustituto casero. He comprado una caja de gomillas elásticas de color blanco. Las vamos a cortar en tiritas de unos 3 centímetros de largo y tu mujer le pintará dos ojitos a cada una con un rotulador, que también he comprado. Es de tinta indeleble, de manera que los "ojitos" pintados no se irán cuando las cocinemos. Con un poquito de vinito blanco y limón, pasan por el mejor de los manjares de los mares del norte.

            Yo estaba empezando a sudar, las rodillas me temblaban, el habla no me salía de la garganta... Porque lo peor no era cocinar gomillas para hacerlas pasar por la Gula del Norte, sino que mi madre iba en serio. Siempre va en serio... hay que tener cuidado con una madre sevillana cuando algo le toca los cojones. Y prosiguió:

            c) De comprar arbolito de navidad, nada. Cariño —dijo, dirigiéndose a mi mujer—, tu abuela tiene unos 90 años y no habla mucho ¿verdad? Pues te la traes del pueblo, le ponemos unas cintas, un par de bolas de colores en la cabeza y ya tenemos arbolito. Si te sientes inspirada, la llenas de luces, pero tampoco te pases, que no hace falta. Las visitas no reparan en esas cosas.

            Mi mujer abrió los ojos, pero no se atrevía ni a decir palabra. Creo que estaba todavía en shock por lo de la paloma de parque al limón...

            d) De pata de jamón o paletilla de . ¡Pero ! He comprado un paquetito con tres lonchas de jamón cortado a máquina en la tienda del barrio. Está envasado al vacío y así permanecerá hasta el mismo día 24. Ese día, a las ocho, cero-cero, se podrá abrir el paquete y se colgará de la pared de la cocina. Encima pondré un post-it con las siguientes instrucciones de obligado cumplimiento: "NADA DE CORTAR O MANIPULAR. SÓLO LAMER". Así que cuando alguien quiera una tostadita con jamón, se tuesta el pan, le pone mantequilla o aceite y le da un mordisquito a la tostada. Justo después, se acerca al jamón de la pared y le da un lametón. Así se capta el sabor y no se gasta...

            A mí me iba a dar algo. Tenía en mi mente la imagen matutina de acercarnos al jamón y lamerlo, como quien besa una estampita de San Pancracio en una casa de beatos... Yo sólo quería que alguien me disparara.

            c) Quedan suprimidos los regalitos con carácter inmediato, que somos ya todos muy grandecitos como para andarnos con tato regalito, tanto papel de envolver y tanta tontá.

            Al carajo el portátil nuevo que soñaba para estas Navidades. Pero me aguanté, por supuesto. Aunque mi madre advirtió la decepción en mi cara, así que se dirigió a mí en estos términos.

            —Cari, ya sé que tenías muchas ganas de un portátil nuevo. Tu mujer y yo lo estuvimos mirando en el Carrefour y me he quedado perfectamente con el modelo que te gustaba. Conozco cada detalle estético de ese aparatito.

            —¿Sí, mamá? —los ojos se me iluminaron. Mi madre estaba poniendo en marcha todas aquellas medidas de contención económicas para poderme regalar el portátil de mis sueños... 

            —Sí, hijo mío. Lo tengo todo previsto. Te voy a hacer yo el portátil

            —¿Quéeeee...? —la capacidad de ingenio de mi madre es proverbial, pero no daba crédito a mis oídos cuando afirmó que «me lo iba a hacer ella».

            —Lo que oyes. Tengo ahí un par de cajas de zapatos vacías. Son de color negro, del mismo color negro que ese portátil tan caro que se te ha plantado en los huevos tener. Así que voy a hacer unos cuantos cortes y arreglos para darle la forma de ese puto ordenador que tanto quieres. Se abrirá como un portátil al desplazar la tapa de la caja hacia arriba. Le pintaré la pantalla y el teclado de forma que quedará perfecto. El mismo rotulador que va a usar tu mujer para pintarle los ojitos a las gomillas del Norte es el que voy a emplear.

            Yo estaba que me iba a caer al suelo. Era como estar borracho, pero sin haber bebido ni una sola copa. Y ella proseguía con los detalles técnicos para hacerme más digerible el hecho de que quería hacerme un portátil con una caja de zapatos negra.

             —Le voy a pegar en la parte inferior una calculadora de esas de los chinos, le voy a hacer una apertura en forma de ranura amplia en un lateral, para que puedas meter los CDs... Vamos, que no le va a faltar un detalle. Además, le pienso poner un par de pilas de petaca, para que te dure, que estoy hasta el mismísimo higo de que siempre te quejes de que te quedas sin batería justo cuando estás trabajando.

            Los mareos eran ya insoportables en mi cabeza. Mi mujer se puso una copita de anís del que había encima de la mesa del salón, para soportar el golpe y mi madre aprovechó la ocasión para decirle:

            —Preciosa mía, cuando se acabe la botella, que le queda un culín, la llenas de agua y la vuelves a poner en la mesa. Que el anís y el agua son iguales y da el pego a quien lo ve.

            —¿Pero cómo voy a rellenar de agua una botella de anís, mamá suegra (que es como mi mujer llama a mi madre), si por el pirindolo de la botella, una vez vacía, no se puede meter nada? —no sé ni de dónde sacó la fuerza para llevarle la contraria.

            —¡Pues te buscas la vida, encanto, que aquí todo el mundo tiene que colaborar! Bastante tengo ya con el desarrollo de mi Plan de Acción. ¡Carajo, que tiene una que pensar en todo...! 

            Yo me tuve que ir a la habitación y echarme un ratito porque no podía soportar la tensión. Demasiadas modificaciones de emergencia de golpe. Mi madre acababa de poner la casa en DEFCON 1 y yo nunca he tenido madera de militar de alto rango. Hubiera preferido vivir en un búnker en 1943 y planificar los bombardeos atómicos estadounidenses antes que aguantarle la mirada a mi madre cuando entra en modo "Hasta aquí hemos llegado".

            De manera que hoy me he dado cuenta de que estamos en Crisis.

            Pero tranquilos, no pasa nada. Mi madre lo tiene todo controlado.


domingo, 16 de septiembre de 2012

"El cuarto de Sonia", de A.M. Caliani, formará parte de la antología "Fantasmas, espectros y apariciones"

Queridos amigos:

Tengo el gusto de comunicaros que uno de mis relatos, "El cuarto de Sonia", formará parte de la antología "Fantasmas, espectros y apariciones" del nuevo sello "La Pastilla Roja". Os dejo un link donde vienen todos los seleccionados


Ya os mantendré informados cuando la antología esté a la venta.

¡Un abrazo!

A.M. Caliani

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Próximo viernes 14/09/12, en Paraíso 4: "Una mala idea".

Queridos amigos:

     Después de estar cerrados por vacaciones durante agosto, en www.paraiso4.com volvemos a la carga con renovadas energías. Este viernes, 14 de septiembre, tendréis un nuevo relato firmado por un servidor: "Una mala idea" (basado en un hecho real). Está escrito en tono de humor, que ya hacía tiempo que no nos echábamos unas risas juntos.  ;)

     Espero veros el viernes en Paraíso 4. Mientras tanto, recibid un abrazo muy fuerte,

     A.M. Caliani

lunes, 30 de julio de 2012

SIDDHARTHA DE TRIANA (por Escritor de Lomo Ancho)



Una vez más, tengo el gusto de alojar en mi humilde blog a una firma invitada: el ya conocido por todos "Escritor de Lomo Ancho". Hoy nos regala un relato autobiográfico que trata de sus inquietudes espirituales. No os lo perdáis:

El año pasado por estas fechas experimenté un Satori, un despertar de la consciencia repentino, un destello de iluminación que me llevó a aprovechar las vacaciones de verano para intentar una Odisea como nunca antes en mi vida de urbanita se me había pasado por la cabeza... Y en mala hora, como descubrí después.

El caso es que no sé qué me habrá hecho rememorar la hazaña un año después. Debe de ser "la caló" porque de otra forma no se explica que hayan regresado a los cierros de mi cabeza los estrafalarios acontecimientos que me tocó vivir y de los que, encima, no puedo culpar a nadie, porque fui yo solito quien los buscó.

De manera que a modo de sortilegio quiero plasmarlos por escrito, que dicen los psicólogos que eso es muy bueno para ahuyentar los demonios de las vivencias pasadas y mal digeridas.

Como he dicho, más o menos a estas alturas de julio pero del pasado año, no sé si por un ignoto golpe dado en la cabeza o por una mala postura en la cama durante el sueño (es curioso, las viejas de pueblo siempre que no saben encontrar motivo para un dolor, acuden a la siempre válida "mala postura" durante la noche para explicarlo) me desperté con una sensación de iluminación existencial irrefrenable. Mi vida ya no me complacía, hacer todos los días lo mismo era ya un coñazo y deseaba (o necesitaba) cambiar, dejarlo todo, abandonar mi cómoda existencia cosmopolita para tratar de vislumbrar qué hay más allá de la realidad holográfica que nos circunda.

De manera que me determiné a aprovechar las inminentes vacaciones de Agosto que se acercaban para hacer el triple tirabuzón escarpado hacia atrás, y ese mismo día a la hora del almuerzo solté la bomba entre mis atónitos familiares más allegados: "La semana que viene me voy a un retiro budista en las montañas más altas de España y me retiro durante una temporada del mundanal ruido".

Mi madre, que estaba sentada a mi derecha disfrutando unos exquisitos y caseros huevos fritos con patatas, ni levantó la mirada del plato porque entró en shock en ese mismo instante. Acostumbrada como está a mis locuras, salió pronto del trance y con el mismo tono con el que uno piensa "este niño es tonto, de verdad que es tonto...", me devolvió la respuesta que su mente fraguó en una millonésima de segundo: "Anda, Diego, hazme el favor de comerte las patatitas que se te está bajando el azúcar".

En mi familia es bien sabido desde tiempos inmemoriales que cuando uno empieza a decir tonterías es que, una de dos, o se le está bajando el azúcar o la tensión. De forma que mi madre me llamó gilipollas pero con la exquisita dulzura y condescendencia con la que sólo ellas saben tratar nuestros accesos de estupidez.

Pero mi resolución no flaqueó. Yo había tenido una iluminación, algo dentro de mí, pero más poderoso que yo, me llamaba a la montaña. Era como un instinto estepario, gregario quizá, que me decía que debía abandonarlo todo y buscar el Conocimiento que sólo los que han acallado sus mentes y espíritus logran alcanzar. O eso creía yo... claro.

Ya había hecho mis deberes, así que entre correo electrónico va y correo electrónico viene, durante la jornada de mañana en mi trabajo, descubrí que en la Cordillera Subbética, en ese edén andaluz que llamamos Sierra Nevada, concretamente entre los pueblos de Lanjarón, Órgiva y Pampaneira (los situados a mayor altitud de España) hay un asentamiento budista apartado del mundo, nada menos que a 1.800 metros de altura. Perdidos y aislados en una de aquellas imponentes montañas, esta comunidad budista vive alimentándose de lo que cultivan, así como practicando el reposo, la quietud y el aquietamiento de los sentidos y la mente para alcanzar el Nirvana.

¡Sí señor... eso era lo que yo quería...! Alcanzar el Nirvana, con dos cojones ahí, pero por la vía rápida, que para eso soy andaluz. Yo quería hacer un Veni-Vidi-Vinci espiritual. Es decir, llegar, estar allí una semanita, darle la mano a Buda en las alturas nirvánicas y regresar después bien repuesto e iluminado a mi vida normal, que todavía me quedarían tres semanas de vacaciones y eso había que aprovecharlo.

Si mi plan resultaba exitoso, lograría desintoxicarme del ruido incesante de la mente parlante, elevar mi espíritu, depurar mi cuerpo a base de verduritas (con lo que además me pondría buenorro porque perdería peso) y estar de vuelta, pongamos en.... Cádiz, para disfrutar de la playita y las barbacoas en casa de mis tíos. Listo... definitivamente aquello era lo que me estaba llamando desde mi interior. El Nirvana a la distancia de mi brazo. Preparado y esperando a ser alcanzado por mí. Incluso pensé que, si la cosa se me daba bien, sería menester tener preparado un nombre alternativo al mío, y por el que se me recordaría como el occidental que un buen día apareció en aquella comunidad monástica tibetana y les enseñó a todos cómo se hacen las cosas en Triana. ¡Triana!, ¡Pues claro!... Ahí estaba: Me llamaría Siddhartha de Triana. Así me presentaría para impresionar a los monjes y que supieran desde el primer momento que iba en serio.

Dios mío, qué confundido estaba. Poco podía yo prever en aquel almuerzo en el que anunciaba mi viaje y renuncia al mundo, la que se me venía encima...

El caso es que no había empezado mi aventura de elevación kármica, y ya el plan tenía lagunillas. Mi madre, que descubrió que mi gilipollez, al igual que mi determinación, no tenía límites, se apunto al plan de inmediato. "Pues si tú vas, yo también me apunto". No lo hacía por empatía espiritual, sino porque estaba convencida que si no venía conmigo, acabaría despeñado por algún barranco o, lo que es mucho peor, terminaría por no merendar alguno de aquellos días. Y eso sí que no ¿eh?. Mi madre puede soportarlo todo en este mundo, pero que yo no meriende la pone en DEFCON 1. Eso está por encima de Buda, de Dios y de la misma Virgen que se ponga por delante. "Merienda niño, que estás mu delgao y tienes mala cara". Ese es su mantra.

Pero ahí no acababa la cosa. Mi mujer, que se apunta a un bombardeo, por supuesto se sumó al plan ipso facto. Ella, como buena fémina y a diferencia de mi madre, tenía otros intereses en no dejarme marchar solo. "Que te crees tú que vas a estar por ahí una semana entera sin mi... Amos hombre, enga ya, como si yo no conociera a las Granaínas. Los cojones te vas a ir tú solo a perderte una semana por ahí". Y así finiquitó mis esperanzas de libertad, silencio e introspección antes incluso de que comenzaran.

A partir de ahí, en mi casa se montó un campamento de intendencia. Mi madre preparó neveras portátiles con todo tipo de viandas, hielo, botellas de agua, coca-cola (que sube la tensión), valeriana (que la baja), y hasta un paquete de 6 bollycaos... En fin, que no nos quedaríamos sin merendar por el camino.

Mi mujer cogió una maleta de 120 litros de capacidad y la llenó de cremas solares, after sun, repelente de mosquitos, Vicks Vaporub, un botiquín y unos zapatos de tacón, por si una noche salíamos... "¿Por si una noche salíamos?... ¡Pero por Dios, que íbamos a un retiro budista, no a Marbella!". Pero eso a ella le daba igual, atajó mi protesta de forma expeditiva: "Nunca se sabe, y yo no puedo hacer un viaje sin unos buenos zapatos de tacón de Marypaz".

La Virgen ¡qué espectáculo!. Yo ya anticipaba el resultado de nuestra entrada triunfal en el retiro budista... Si es que llegábamos.

El caso es que con todo dispuesto, salimos a la calle para coger el coche y poner rumbo a Granada, para desde ahí abordar el ascenso a los picos anteriormente mencionados. Y, nada más salir de casa nos llevamos la primera bofetá. En la acera había un grillo y frente a él un termómetro del ayuntamiento. Y el grillo miraba al termómetro, y el termómetro miraba al grillo. Y a nosotros nos caían 45 grados en perpendicular sobre la cabeza que se derretía en chorros de sudor. Y es que, con la ilusión de conquistar el Nirvana mientras estábamos a salvo en casa con el aire acondicionado a todo gas, se nos había olvidado que estábamos prácticamente en Agosto. Aquello no era una buena señal.

Pero no nos dejamos intimidar, y con más ganas que nunca, nos introdujimos en el vehículo y nos marchamos a la búsqueda de la paz interior.

Tres horas más tarde llegamos a la base de la montaña en cuya cima se asienta el monasterio budista. Frente a nosotros, con el coche en ralentí, vimos un cartel de madera escrito a mano: "RETIRO BUDISTA OTSELÍN. Ascensión de 1.800 metros. 10 grados de pendiente. PELIGRO: NO HAY CARRETERA."

Aquello descompuso a mi madre, hizo que mi mujer entrase en semi coma diabético y que yo mismo empezase a temer por nuestra integridad física. Había varios aspectos que analizar las palabras de aquel letrero:

1º.- El monasterio budista tenía un nombre que no daba confianza. "¿Joselín?... ¿A qué budista de los huevos se le ocurre ponerle ese nombre a tan elevada posición de ascensión a los 7 paraísos Védicos?". Pero bueno... supuse que era una cacofonía propia de las diferencias culturales de Oriente y Occidente.

2º.- "1.800 metros de ascensión, sin carreteras y con una pendiente de 10 grados de desnivel". Además, añadían "PELIGRO", como queriéndose descargar de todo descalabro que pudiera acontecer a quien se aventurase a perturbar la paz del enclave.

3º.- ¿Se suponía que debía proceder a subir esa locura, con mi Suzuki Swift?. Dios Santo, ¡pero si mi coche ya cumple con tirar con el aire acondicionado puesto y no desmayarse!

De forma improvisada organizamos un cónclave familiar pada decidir si abordábamos aquella subida o si dábamos por finalizada allí mismo nuestra apuesta por la inmortalidad del alma. Las posturas fueron encontradas. Mi madre, siempre valiente, sentenció al más puro estilo de Aníbal Barca: "No hemos llegado hasta aquí para detenernos ahora". Yo, añadí (como queriendo quitarle hierro a una posible rendición): "Tampoco pasa nada si no subimos y buscamos un hotelito con wifi". Y mi mujer cerró los ojos mientras negaba con la cabeza para decir: "Al final no usaré los zapatos de tacón que me he traído. Con lo monos que son".

En fin, que cada uno tenía sus propias inquietudes en aquel instante trascendental. De manera que tiramos p'alante y los tres al unísono entonamos un "Que sea lo que Dios quiera".

Y Dios quiso que tardásemos más en subir 1.800 metros con un Suzuki Swift en primera, que en llegar de Sevilla a Granada; Y quiso Dios también que el coche derrapase en media docena de ocasiones poniéndonos a los tres en peligro de muerte por despeñamiento; Y quiso también Dios que el agua almacenada en el maletero ya no estuviera fría y que no la pudiéramos ni beber, y que los bollycaos estuvieran derretidos, como nuestros sesos... y que nos sintiéramos como acorralados en una cajita de metal

Pero llegamos. Lo logramos todos juntos y unidos. Fue como una gran victoria familiar. Cuando nos echamos abajo del coche, nos abrazamos compartiendo sudor y calima, al tiempo que tragábamos polvo, porque las montañas parecen de piedra y compactas cuando se las mira en la lejanía, pero en realidad son de tierra que se deshace en polvo cuando uno las pisa y ese descubrimiento nos mutó el aspecto, porque los tres estábamos blancos, como empanados en suciedad. Éramos como tres croquetas de pueblo o, mejor, tres polvorones de La Jijonenca, dando saltos de alegría delante de una estatua de bronce dorado de Siddhartha, con muchos brazos y la lengua fuera.

Aquella estatua no me dio buen feeling porque jugarse la vida y la de la familia, para subir 1.800 metros tras 4 horas de calvario, para que un tío te saque la lengua, no da buen rollo.

Nos repusimos como pudimos y nos aprestamos a indagar qué era aquel asentamiento y si alguien vivía allí realmente. Así que me eché por el cuello un corro de agua caliente como las candelas y dispuse mi mejor sonrisa por si alguien me salía al paso. Anduve en compañía de mi mujer y mi madre como media hora, cuesta arriba, por supuesto, y con más mierda en los botines que un nazareno cuando acaba la estación de penitencia en la madrugá.

Quiso el destino que nos cruzásemos con una señorita con la cabeza rapada y una túnica color azafrán que paseaba por aquellos lares, lo que por lo menos nos demostró que allí, además de chicharras, vivía gente. La saludamos con un "hola, buenas tardes... Hace calorcito ¿verdad?", pero la buena dama ni giró la cara para responder. Continuó con su paso almohadillado y pasó delante nuestra hasta perderse por una falda de la montaña. Nos quedamos estupefactos. Yo le dije a mi madre, "mira que si nos hemos encontrado con la versión tibetana de la niña de la curva" (ya saben, esa niña que se aparece de noche a los conductores de carreteras secundarias y que desvanece como buen fantasma que es, cuando se la mira).

Mi madre, tuvo menos paciencia y humor que yo. Pesaba el calor, el viaje, la subida y el polvo. Así que estalló: "¡Mira la tía oye!, que no nos va ni a saludar... tendrá poca vergüenza". Yo traté de calmarla, porque de allí a terminar todos en comisaría había un paso. Eso sí, si primero nos bajaban de la montaña.

Accedimos al cabo de un rato a una cabañita de madera que tenía un letrero "INFORMACIÓN Y LIBRERÍA". Así que de nuevo bendijimos nuestra suerte. Parecía que la búsqueda había concluido. Entramos, y nos saludó exquisitamente una mujer con pinta de hombre, o un hombre con pinta de mujer. Juro que todavía no sé qué era. Debe ser que alcanzar el Nirvana transmuta los géneros femenino y masculino en la Unidad del Ser, donde ya no hay dualidades y los opuestos se encuentran armoniosamente. O eso, o como dicen en mi tierra, simplemente era más fea que su puta madre.

Guapa no era, pero hospitalaria sí. Así que nos dio agua fresquita y hasta se ofreció a hacernos un té con menta. Aquello era música para nuestros oídos, así que accedimos a todas las prebendas que sin duda nos merecíamos tras el suplicio. Cuando nos hubimos serenado, mi madre (que no se guarda una) le soltó que por el camino de entrada nos habíamos topado con una "malaje" que ni nos había saludado. El hermafrodita de la LIBRERÍA - INFORMACIÓN" nos aclaró que la señora en cuestión se llamaba Rampachanivabua y que tenía voto de silencio durante el tiempo que estuviera en el retiro, que era un plazo no menor a 3 años, 3 meses, 3 semanas y 3 días.

"¿Rampacha... qué?" preguntó mi madre riéndose, "pero si esa mujer no es tibetana, ni china ni ná. Esa es de Conil de la frontera. Se lo digo yo". A lo que la hospitalaria incómoda de ser mirada comentó que allí, cuando uno se retira del mundo para adentrarse en el vacío, lo primero que se abandona es el nombre.

Aquella era la mía: "!Ole!" grité yo... "Si por algo me había preparado el pseudónimo apropiado... Siddhartha de Triana, para servirla". Los tres nos reímos, pero la mujer con bigote, o el hombre sin tetas, no encajó bien la broma. Y acto seguido cambió de tema: "¿Han reservado estancia?".

Mi madre miró a mi mujer y ésta duplicó la hiel del odio de sus ojos cuando encaramó sus iris sobre mi cogote.

"¿Reserva?" es lo único que me salió del gaznate.

"Claro, para quedarse aquí han de reservar cabañita, para eso tenemos web y para eso tenemos teléfono. Nos gusta atender a nuestros huéspedes lo mejor que podamos. También contamos con wifi, tienda de regalos y transfer para recoger a los turistas en Granada capital y subirlos por la carretera norte que da directamente al resort."

Mi madre casi se desmaya, mi mujer empezó a temblar y yo quería que alguien me disparase allí mismo.

Ni retiro, ni meditación, ni ascensión a los cielos del Prananayama. Aquello era un tipicalish y nosotros nos habíamos jugado la vida para llegar hasta allí y que nos pusieran un té con menta. Para colmo, como no teníamos reserva, ahora teníamos que despeñarnos de nuevo para regresar a Granada, como croquetas sudorosas, si queríamos comer caliente y dormir en cama decente.

Así que exploté y me cagué en toda la jerarquía celestial tibetana, jurando que sería la última vez que mis deseos de iluminación repentina me quitarían ni un sólo día de vacaciones más. Pero, eso sí, llevo un año justo soportando los reproches de mi mujer y de mi madre que todavía guardan rencor por la experiencia extrasensorial que me dio hace ahora un doce meses, y que casi acaba con nosotros en algún barranco de una montaña cualquiera de un retiro que no existe. Ahora entiendo el porqué de la estatua de Buda con la lengua fuera que recibe a los visitantes. Debe ser el equivalente al monigote de inocente, inocente que empleamos en España para cachondearnos del personal.

NOTA: TODOS LOS ACONTECIMIENTOS NARRADOS EN ESTA HISTORIA SON VERÍDICOS. TODO OCURRIÓ TAL COMO SE CUENTA Y EN EL ORDEN EXACTO EN QUE HAN SIDO EXPUESTOS.
Firmado:
Escritor de Lomo Ancho

viernes, 22 de junio de 2012

Y HOY ENTRÉ EN UN CHINO... (por Escritor de Lomo Ancho)


Hoy vuelvo a traer a este blog una firma invitada. Se trata de un escritor —entre otras muchas cosas— que responde al pseudónimo de «Escritor de Lomo Ancho». Me envió ayer esta reflexión acerca de las famosas y omnipresentes "tiendas de chinos" y fue tal el ataque de risa que me dio, sobre todo a cuenta de las verdades como puños que enumera, que le pedí que me dejara compartirlo con vosotros. Aquí os va. Espero que os haga reír tanto como me hizo reír a mí.

Sí, debo confesarlo: hasta ayer no me digné a entrar en un "Chino". Y no hablo de sus restaurantes, porque en esos he comido mucho y bien, sino de esas tiendas que desafían las leyes de la física (porque más cosas no caben por centímetro cuadrado) y las de la economía (porque no me explico sus precios). Pero eso lo analizaré un poco más tarde.

La variedad de nombres que empleamos en mi tierra para este tipo de tiendas es increíble: "Tienda de los 20 duros"; "El todo a cien"; "El barato"; "El chino"... Úsese a placer según el buen gobierno de cada cual.

El caso es que otras veces me había quedado en la puerta, aguardando pacientemente a que mi señora se aventurase en su jungla comercial de artilugios baratos, a la caza y captura de una gomilla para el pelo, una pulserita de determinado color a juego con su pintauñas o cualquier otra aberración que me hacía perder un tiempo de mi vida que ya no recuperaré.

Pero entrar, lo que se dice entrar, ¡y solito!, no lo he hecho hasta esta mañana.

Y mi sorpresa ha sido mayúscula porque me había venido perdiendo un espectáculo sin igual. He aprendido lo que no está en los escritos. Pero trataré de narrar el asunto tal como ha ocurrido, porque no tiene desperdicio.

El caso es que elegí uno de los varios establecimientos que hay en mi barrio. Porque, eso sí, mi barrio ya no es mi barrio: es Chinatown. En una calle de tres palmos de largo, hay una zapatería china, una ferretería china, una frutería china y una tienda china que en su interior tiene zapatería, ferretería y frutería, de lo que deduzco que estos establecimientos son como naves nodrizas que después dispersan naves pequeñitas que se despliegan en minucioso orden de conquista por todo el barrio. Y además, deduzco esto porque los locales comerciales chinos no se ocupan, se reforman, se llenan de suministros y se abren al público. No, nada de eso. Las tiendas chinas se plantan, se riegan por la noche y a la mañana siguiente ya están ahí... ¡Operativas!, en lo que tú has tardado en dormirte una siesta.

En cuanto puse un pie en el felpudo de entrada me quedé hipnotizado por la elegancia y el orden. Pude ver con asombro y a primer golpe de vista que los elementos se combinan de manera tal, que el ingeniero de programación de eventos de MOMA de Nueva York bien haría en tomar notas.

Había una cabeza de goma de Iker Casillas junto a una depiladora con pilas recargables; un balón de fútbol amarillo al lado de los flotadores de cabeza de pato (aquellos que juré en mi más tierna infancia que no volvería a ver pero que allí estaban, treinta años después, para martirizarme). Encontré, como puede encontrar cualquier aventurero que entre en este particular Amazonas comercial, una hucha con la cara de Espinete (que en paz descanse) junto a un kit completo de lavado, encerado y limpiarañazos para coches... En suma, ríase usted de los millones que se gastan cada año en Carrefour e Hipercor para estudiar el comportamiento de los clientes a la hora de comprar, y así disponer productos, colores y reclamos. Estos chinos han revolucionado este arte con su técnica sin igual: a la vista; junto y inservible, (en andaluz: Tó pá ná) pero barato de cojones.

Continúo...

Sobrepuesto a mi primera impresión, no quise ser descortés y, por el contrario, me instituí en imaginario embajador de la buena educación española, de manera que miré a la china que estaba haciendo las veces de cajera (una mezcla de Mamma siciliana y hombre con pechos) a la que regalé mi mejor sonrisa, al tiempo que le soltaba un "¡Hola, buenos días!".

La señora me miró sin abrir los ojos y me dijo en un perfecto castellano "¿Cómo?". De forma que deduje que la buena mujer no llevaba en nuestra tierra ni 48 horas, así que no traté de explicarle qué eran los buenos días y seguí con mi incursión. Pero aquello no pintaba bien...

Entré por la calle de productos que se abría majestuosa justo frente a mí. Una de las más de quince que formaban la planta baja del garito. Y allí mismo comenzó mi catarsis personal.

Lo primero que descubrí es el ingenio que tienen estos chinos para vendernos la moto como si fuera de marca.

Tomé en mis manos (por lo que garantizo que no fue un sueño) un reproductor de música SONIC; también acerté a descubrir que hay calculadoras CASPIO; y de reojo, un poco más allá, pero en la misma sección, vi tampones para la mujer de la marca TRANCAX. Que digo yo, que ahí no han estado muy finos: o la traducción les ha fallado, y no tanto por el hecho de que TRANCAX y TAMPAX no dan el pego igual, sino porque si a los chinos les hubieran explicado lo que es una buena TRANCA seguro que no le ponen ese nombre a lo que las señoras precisan unos días al mes para su alcancía carmesí. O quizá sí, quién sabe...

En ese momento precisé respirar profundamente y quitarme el aluvión de incertidumbre de mi cabeza. Era la primera vez en la tarde que tenía que vaciar mi mente ante tanta información combinada, y no sería la última, porque en ese preciso instante, otro cliente que había dos calles más allá, en la sección de ferretería-artículos de baño-perfumes-y calzado... Tó junto, se dirigió a la Mamma chino-siciliana de la entrada y le preguntó: "Perdona, mi arma, ¿Tú me sabrías decir si tenéis una arandela de doble remache, pero hembra, que el macho ya lo tengo yo en el taller, para unir una llave en "L" a una pértiga de estaño policromado?". A lo que la china respondió: "Atrás, al fondo, tengo del tres y medio y del dos, con cinco remaches".

En ese instante entré en shock: de forma que la hija de la gran puta no sabía qué eran los buenos días, pero entendió perfectamente el galimatías que el colega le acababa de soltar y para el que ni mi español, ni los cierros de mi cabeza, estaban preparados.

Aquello me dejó perplejo. Debe ser que antes de meterte en un barco contenedor chino con rumbo ilegal a Gibraltar, para colonizar las calles de toda España, en el diccionario rápido de la lengua castellana de combate, la llave en "L" con doble remache y la pértiga de estaño policromado, están antes que el "Hola"...

Es para cagarse.

Total, que por segunda vez en medio minuto, tuve que hacer acopio de mis fuerzas para borrar todo aquello de mi mente y seguir adelante con mi vida.

Me repuse, y torcí a la derecha para aventurarme en la siguiente calle de productos y ahí ya creí morir, porque ya no era sólo cuestión de la insondable capacidad china para el mimetismo de las marcas, o para la traducción simultánea y técnica de los términos de alta fontanería. No, lo que me aguardaba era peor: ahora me iban a enseñar Economía, y de la buena. Ríase usted de las asignaturas cursadas en la Facultad.

Resulta que me dirigí al más inofensivo de los artilugios que se pueda uno echar a la cara: una llave inglesa. Venía bien equipada, tenía hasta cierre de seguridad y estaba perfectamente emblistada en plástico, con instrucciones incluídas en 5 idiomas y anagramas en color. Hasta ahí, todo perfecto. Pero lo que pudo conmigo fue su precio: ¡0,80 céntimos! La Virgen Santa: ¡Menos de un eurillo!.

Pero vamos a ver. O yo me estoy volviendo loco, o que alguien siga conmigo mi razonamiento y me diga dónde está el truco...

Esa llave inglesa tenía el reclamo de MADE IN CHINA. Bien, eso significa todo lo siguiente:

En China hay, como mínimo, una factoría que se dedica a hacer esas llaves inglesas. Esa factoría tendrá, por lo menos, una nave industrial, con su correspondiente alquiler mensual, su gasto de luz, de agua, su cadena de montaje, su robot mecanizado, sus soldadores, sus empaquetadoras, etcétera... Habrá tenido que comprar el hierro a toneladas, para hacer millones de llaves inglesas como aquella; tendrá que pagar sueldos (aunque sean miserables); habrán tenido que contratar el transporte de las cajas de las llaves inglesas, ya manufacturadas, hasta el muelle de embarque del puerto más cercano; ha habido que pagar aduanas, aranceles, fletar la carga, pagar según el tonelaje del envío, llevar a otro puerto en Gibraltar (más pirata que el de Playmóbil) y allí, entra en acción una empresa de transporte, que lleva esos pallets de cajas a una central logística y desde ahí, un montón de camionetas de reparto hacen que aquella puta llave inglesa esté colocada en la posición en que yo me la encontré en la tienda de mi barrio.

Que se me explique lo siguiente:

¿Cómo coño come el chino de la tienda, el del reparto, el de la distribuidora, el armador, los puertos, se pagan los impuestos y aranceles, y gana dinero el chino mafioso de la fábrica que hace las llaves inglesas, si yo sólo he pagado 0,80 céntimos de euro, Precio Final al Cliente?

Y, mientras se piensa en la respuesta, ¿alguien me puede responder por qué enviar un paquetito de mierda a una capital cualquiera de mi propio país me cuesta 12 eurazos por mensajería privada, si desde el otro confín del mundo llegan productos por 0,5 céntimos vía Tavistock y en carguero transoceánico?   

Aquello ya fue demasiado para mí. Di la mañana por bien empleada, e incluso por sobrevivida. Decidí salir de la tienda porque el dolor de cabeza podía conmigo, y justo cuando cruzaba el pretil de mi escapada, en completo silencio, la jodía china me suelta: "Se dice adiós, por lo menos..." 

ESCRITOR DE LOMO ANCHO

martes, 22 de mayo de 2012

23 de Mayo en Paraíso Cuatro: Morir cada día

¡Hola de nuevo, amigos! :)

El miércoles, 23 de mayo, tendréis a vuestra disposición en www.paraiso4.com (ya sabéis: mi casa), un nuevo relato titulado "Morir cada día".

Es algo diferente a lo que os tengo acostumbrados, pero ya me diréis si os llega al corazón. No todo va a ser risa/miedo/miedo/risa. ;)

Un abrazo muy fuerte a todos. Cada día os siento más cerca. :)

A.M. Caliani

miércoles, 9 de mayo de 2012

DE SÁTIROS, GABARDINOS Y OTROS ESPECÍMENES (por Mercedes de Miguel González)


Hoy tengo el placer de presentar en mi humilde blog un relato en clave de humor escrito por una invitada muy especial: la formidable escritora Mercedes de Miguel González, autora de "La mente del asesino" y "Tormenta" (de próxima publicación). Es un honor para mí que mi amiga Mercedes me permita compartir con todos vosotros estas hilarantes líneas que vienen a continuación. No os las perdáis: vais a moriros de risa.

A.M. Caliani



 DE SÁTIROS, GABARDINOS Y OTROS ESPECÍMENES

Dura vida la del que sale de su casa cada mañana, como si nada, para esperar la reacción de la gente, y cuando digo gente me refiero preferentemente a las féminas.

            Antes, los gabardinos estaban mejor considerados, no en vano formaban parte del paisaje urbano y no desentonaban en absoluto. Podías encontrarte a uno de ellos en un probador de El Corte Inglés o mientras dabas un paseo con tu novio por el parque. En el primero de los casos, cuando entrabas al camerino y observabas que el elemento vestía una gabardina abrochada hasta el cuello en plena canícula veraniega —más llevadera gracias al climatizador de los grandes almacenes—, gafas negras de Mike Hammer y manos temblorosas, comenzabas a desvestirte lentamente para probar la prenda que traías contigo sin prestarle la menor atención, al tiempo que el cristal del espejo de cuerpo entero comenzaba a empañarse de forma incomprensible. 

            Ignorando al compañero de habitáculo y, tras enfundarte esa falda corta dos tallas menos de la que te corresponde —con gran optimismo por tu parte y un: «bueno, dos días sin comer y entro en ella sin problemas»—, ves que ése ha decidido airearse un poco y  ha dejado su cuerpo serrano al descubierto, mirándote con una mezcla de chulería y timidez infantil. Miras tu reloj —«No me lo puedo creer, ¡si ya son las 6!» y, en lugar de colgar en la percha la prenda que has desechado, se la colocas en la mano que tiene en ángulo perfecto con su tronco. Te mira enarcando las cejas, casi con un rictus de tristeza, huele la faldita unos instantes y sale muy digno del probador sin mirarte.

            Pero ahí no ha terminado tu aventura. Como hace buena tarde y no te apetece coger el bus, bajas andando hasta tu casa —apenas dos kilómetros—, venciendo todas las prevenciones que tu abuelita y las amigas de tu abuelita te han dado previamente acerca de no pasar sola cerca de los parques «porque hay mucho hombre malo que hace guarrerías».

            Los gabardinos de ciudad se parecen todos entre sí. Probablemente, en esto haya unos estándares mínimos que han de seguir para pertenecer a ese colectivo. Si un día te da por denunciar a alguno y tienes la suerte de que en comisaría no te tomen a pitorreo, te enseñarán fotografías idénticas (gabardina, gafas de Mike Hammer…), una tras otra, en las que te será imposible reconocer al «tuyo». Caso cerrado y denuncia directamente enviada al archivo policial.

            Otro lugar muy frecuentado por los gabardinos de ciudad son los aparcamientos oscuros en los que los novios van a morrearse en su coche por la noche. En invierno son tan atrevidos que quitan con la mano el vaho de los cristales para poder visualizar el interior, algo que les hace descargar mucha adrenalina porque es justo el momento en el que, por su experiencia en la materia, saben que se les puede pillar. Ella es la que suelta habitualmente el chillido de alerta cuando ve la nariz aplastada del tipo contra la ventanilla, grito que corta toda inspiración al novio de forma drástica. Éste pone cara de mala leche y, sin molestarse en subirse los pantalones, sale hecho una furia del vehículo para comprobar que el personaje baja dando saltitos por el terraplén con riesgo de resbalar y llegar con la gabardina llena de barro a su casa, donde su madre, que le suponía trabajando a esas horas, le preguntará qué le ha ocurrido para llegar de esa guisa.

            Luego están los rurales, que no cuidan en absoluto su look, aunque, eso sí, proliferan en los pueblos como los champiñones. Tanto es así, que actualmente se está haciendo un estudio en la NASA sobre los ORNIS (objetos rurales no identificados), con retrato robot-tipo de los aborígenes que se dedican, no a abrirse la gabardina —que de eso no usan ni saben para qué sirve— sino a bajarse los pantalones que llevan atados con una cuerda, en lugar de con el consabido y mucho más cómodo cinturón de toda la vida. El retrato robot muestra un estereotipo perfectamente definido y reconocible, aunque en ese momento no esté ejerciendo las labores propias de su «profesión a tiempo parcial»: barba negra poblada, estatura chaparreta, anchos de espalda y culo perfectamente proporcionales a un cubo, pantalones más cortos de lo que dictan los cánones de la moda de cualquier época conocida y atados, como decíamos antes, por una cuerda de las de ahorcarse pero más fina. En resumen: el Hombre de Atapuerca con boina.

En cualquier caso —y esta es una recomendación dirigida a las posibles víctimas de un encuentro fortuito con tan entrañables especímenes—, nunca tenéis que poneros nerviosas ni, mucho menos, asustaros. Ver un rictus de terror en vuestro rostro les hará empalmarse, que es lo que precisamente persiguen jugándose el tipo por caminos solitarios. Pero como son más inofensivos que un madelman, si ese día queréis hacer una buena obra e iros a dormir con la conciencia tranquila, amagad un conato de inquietud, tapaos la boca para acallar el grito de pavor que él tendrá que imaginarse queréis soltar y nunca, nunca, bajo ningún concepto se os ocurra reír y soltarle algo así como: «Por Dios, ¿y para enseñar eso tanta parafernalia?»

 Mercedes de Miguel González                                                          
                                           
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