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miércoles, 23 de noviembre de 2016

EL PRECIO DE LA COBARDÍA (por Alberto M. Caliani)

Cometí un error fatal hace tres años. Un error que pienso reparar hoy mismo, por mí y por Sara.

            Es fácil ser cobarde, a pesar de que se paga un alto precio en dolor y remordimiento. Cuando me asomo a la ventana y veo a los hijos de Sara ir al colegio de la mano de su abuela me maldigo a mí misma. Esa pobre mujer, cercana a los setenta y arrastrando consigo la pena de haber perdido a su hija, es la viva estampa de la aflicción. Si yo hubiera sido más valiente, esos niños irían ahora acompañados de su madre.

            Tuve tiempo para descolgar el teléfono, pero no lo hice. Los primeros gritos empezaron alrededor de las seis de la tarde, en cuanto Ángel llegó del bar. Un cuarto de hora después comenzaron las amenazas y los golpes en los muebles. Los reproches de Sara se mezclaron con los llantos asustados de sus hijos. Mientras tanto, yo trataba de pensar en otra cosa, rezando para que aquello acabara de una vez. «¡Aguanta!» le transmitía con la mente una y otra vez. «¡Aguanta, por tus hijos!» Era un mal consejo de una mujer de casi sesenta años a una joven que no llegaría a cumplir los treintaiuno. Yo estaba sola en casa y tenía miedo. ¿Y los demás vecinos? ¿Es que nadie va a hacer nada? Con dos viviendas por piso en un edificio antiguo, las posibilidades de auxilio eran nulas, pero siempre queda el consuelo de que alguien hará algo.

            Las bofetadas empezaron a las seis y media, y el ruido sordo de los puñetazos cinco minutos después. Los gritos de Sara y el sonido de sus desesperados intentos de defensa cesaron de repente, dando paso a un concierto de lloros infantiles interpretando el réquiem más aciago jamás compuesto. Vi cómo Ángel sacaba a los niños al rellano de la escalera a través de la mirilla de la puerta. Allí los dejó solos, a la cría de cuatro y al zagal de dos. La niña se había orinado encima. Y yo lo contemplaba todo ajena a la realidad, como si fuera un drama televisado. Como era imposible cambiar de canal, no pude hacer más que retirarme de la puerta. ¿Para qué implicarme? ¿Para qué complicarme la vida?

            Nunca supe quién llamó a la policía, ni si fueron ellos quienes finalmente rescataron a los niños del descansillo. Con las luces apagadas y a través de las ventanas, los destellos rojos, amarillos y azules de la ambulancia y los coches patrulla me sumieron en un trance hipnótico. El timbre de la puerta me arrancó de mi ensimismamiento. Tardé más de un minuto en abrir, como si acabara de despertarme de una siesta larga y profunda. Los dos agentes de policía me preguntaron si había oído algo y les mentí. Cuando me interesé por lo que había pasado, uno de ellos quiso saber si mantenía una relación estrecha con mi vecina. Cuando le dije que solo de hola y adiós, fue cuando me explicó lo sucedido: «Lamento comunicarle que sus vecinos están muertos; el marido le ha dado una paliza mortal a su mujer. Suponemos que se le fue de las manos, porque todo apunta a que se ha roto la cabeza contra un aparador al caer. Él ha sacado a los hijos al descansillo y se ha cortado el cuello en el baño con un cuchillo. Una desgracia». Ni me atreví a abrir la boca. Me dijeron que era probable que me llamaran a declarar, pero eso nunca ocurrió. Al parecer, todo estaba más claro que el agua: violencia de género de manual.

            Desde entonces, vivo acosada por la culpa. Si hubiera llamado a la policía cuando todo empezó, esos niños irían ahora al colegio de la mano de su madre, con la cabeza alta, con la alegría propia de unos críos de su edad; no con la mirada perdida en el suelo, al paso fúnebre de su abuela, muerta en vida, que arrastra los pies sin ganas de vivir. Porque si vive, es solo por sus nietos.

             Pero como dije antes, hoy voy a reparar el error. Lo voy a enmendar por Sara y por mí. Hoy he arrugado el miedo y lo he tirado a la papelera. Llevo muchos años siendo esclava del terror, pero hoy he dicho basta y en cierto modo Sara, desde la tumba, me ha dado fuerzas. En cuanto termine de escribir estas líneas, descolgaré el teléfono y llamaré a la policía. Tengo tiempo. Mi marido tardará horas en despertar, entre lo borracho que está y el golpe que le he dado en la cabeza. Espero que no sea demasiado viejo para que lo metan en la cárcel, aunque a estas alturas me da igual su destino. Ahora estoy segura de que no quiero volver a verle más, y también sé que hay gente ahí fuera dispuesta a ayudarme. Lo más probable es que yo acabe en el hospital, porque la paliza de hoy ha sido la peor de los últimos treinta y cinco años. Lo mejor de todo fue que el muy desgraciado no esperaba que me defendiese. Es posible que tenga las costillas rotas, porque me cuesta respirar, y el brazo izquierdo me duele como si me hubiera pasado un coche por encima. Sé que el labio partido me dolerá al hablar, pero me dará igual: pienso contarlo todo. Todo. Hoy termina la dictadura del terror y empieza una nueva vida para mí.

            Ya oigo las sirenas en la calle. El labio me duele al sonreír, pero no puedo evitarlo. Cuando abro las puertas a mis libertadores, imagino al fantasma de Sara detrás de ellos, levantando un pulgar cómplice hacia mí. Espero que sepas perdonarme, Sara. 

            Seguro que sí, porque entenderás que mi miedo era igual al tuyo. Un miedo al que hay que vencer.


            Siempre.

7 comentarios:

  1. Un gran relato y un gran reflejo de la sociedad en que nos hemos convertido.

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    1. Muchas gracias, Carmeli. Confiemos en que, poco a poco, vaya mejorando. :)

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  2. Un relato muy duro. Muy bien escrito, te felicito

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  3. Muy buen relato pero duro, se me encoge el corazón con todo esto NO debería haber violencia y sin embargo vivimos como ellos.
    Enhorabuena Alberto por este mensaje, espero llegue a mucha gente y sensibilice muchos corazones.

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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